Comenzó ayer al atardecer, con el inicio del Año Nuevo judío, una celebración que se extiende hasta el anochecer del domingo 13 de septiembre y que marca el comienzo de los llamados Días de Temor o Altas Fiestas, período que conduce a Yom Kipur, el Día de la Expiación

Con la aparición de la primera estrella y el encendido de las velas rituales, la comunidad judía global da inicio a Rosh Hashaná, la festividad que inaugura el año 5787 del calendario hebreo. Lejos de las habituales lógicas occidentales de festejo y pirotecnia, esta conmemoración cuyo significado literal se traduce como «cabeza del año» se sumerge en una atmósfera de profunda introspección, balances del alma y una búsqueda colectiva de renovación espiritual.
El festejo, regulado por un calendario lunisolar que este año sitúa las jornadas sagradas entre el atardecer del viernes 11 de septiembre y el anochecer del domingo 13, no solo celebra el transcurso del tiempo cronológico. De acuerdo con la Torá, evoca un hito fundacional: el aniversario de la creación de Adán y Eva, es decir, el nacimiento de la humanidad y el momento en el que el libre albedrío y la responsabilidad moral entraron al mundo.
Los diez días que estremecen al espíritu
La teología judía enseña que en Rosh Hashaná se abre un tribunal celestial simbólico. Es el denominado Día del Juicio, el instante en que Dios abre los libros de la vida y de la muerte para evaluar las acciones del año que expira. Sin embargo, la sentencia no es inmediata. La festividad abre las puertas a los Yamim Noraim (los Días Tremendos), un período de gracia de diez días enfocado en la Teshuvá (el arrepentimiento y el retorno a la senda justa). Este ciclo culminará con el riguroso ayuno de Yom Kipur (el Día del Perdón), fecha en que los veredictos espirituales quedan finalmente sellados.
El Shofar y el desprendimiento del pecado
En el epicentro litúrgico de las sinagogas resuena el instrumento más antiguo y sagrado de la tradición: el Shofar. Hecho a partir del cuerno de un animal puro (kosher), habitualmente un carnero, su sonido áspero y penetrante se entona un centenar de veces durante las plegarias matutinas. Más que música, el Shofar funciona como una alarma existencial que sacude la apatía e invita a examinar la conducta individual y reparar los lazos comunitarios rotos.
A la par de los rezos, el primer día de la festividad revive el emotivo ritual del Tashlij. En una ceremonia comunitaria, los fieles acuden a las márgenes de ríos, mares o fuentes de agua naturales para vaciar sus bolsillos o arrojar migas de pan y pequeñas piedras a la corriente, una escenificación poética del desprendimiento definitivo de los errores y transgresiones del pasado.
Sabores que decretan el futuro
La transición hacia el año nuevo se traslada también a las cocinas, donde cada plato del Séder (cena ritual) guarda una carga metafórica. Los sabores amargos y salados ceden su espacio a la dulzura: la manzana se sumerge en miel, el pan tradicional (Jalá) abandona su clásica trenza alargada para hornearse de forma circular en honor a la continuidad de la existencia, y se consume granada bajo el deseo de multiplicar las buenas acciones cotidianas.
En las calles y los hogares, el murmullo de la festividad se sintetiza en un deseo unánime: ¡Shaná Tová Umetuká!, la expresión en hebreo para anhelar, desde el corazón, un año tan bueno como dulce.
Un año nuevo dulce

Durante las Altas Fiestas, se utiliza una jalá redonda simbolizando plenitud y la finalización de un ciclo. Después de recitar la bendición hamotzí, es costumbre untar el pan en miel, simbolizando el anhelo por un año nuevo dulce.
Luego de la bendición, después de comer un trozo de pan, se toma una manzana y la untan en miel. Recitamos la bendición boré pri haretz sobre la manzana (ya que la bendición de hamotzí no cubre la manzana) y comen un pedazo de manzana. Luego dicen la frase: «Que sea tu voluntad, Dios, que tengamos un año nuevo bueno y dulce».




